La cuenta regresiva

La cuenta regresiva

Falta menos de un año para que el gobierno de Peña Nieto –que pasará a la historia no sólo como uno de los peores mandatarios de la nación, sino también como uno de los presidentes más repudiados–, por fin termine.

 

En el marco del 5° informe de gobierno, han comparecido ante el Poder Legislativo algunos de los miembros de su gabinete, como el secretario de hacienda, el de salud y el de relaciones exteriores, aunque se espera que en total sean 17 los funcionarios los que se presenten ante las cámaras a exponer los supuestos resultados de la actual administración priísta.

 

Es claro que el gobierno federal no comparte el dolor social ni las históricas demandas populares. La aceptación del presidente, con todo y los 26 millones de pesos diarios que gasta en su imagen, ha caído hasta por debajo del 20%. La gran mayoría de los mexicanos no aprueban su gestión, la reprueba, la repudia y la aborrece.

 

Esto no es casual y si en cambio causal, las reformas estructurales (que hoy se sabe, fueron impulsadas desde Estados Unidos de América y los organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial), desmantelaron lo poco que quedaba de los principios revolucionarios plasmados en la Constitución Federal. Actualmente, vemos que los beneficios que prometían para la población eran falsos, o ínfimos en comparación con los jugosos negocios que unos cuantos extranjeros y nacionales se han llevado a la bolsa.

 

A Enrique Peña Nieto, la corrupción lo sigue desde el inicio de su carrera política, pasando por los descarados fraudes electorales de 2012 y 2016 en el Estado de México, implicando a ejecutivos extranjeros, familiares y amigos, todo con tal de llegar a la silla, mantener el control de su tierra y perpetuar el régimen de corrupción y privilegio, desde el cual puede ver con indiferencia las consecuencias de la institucionalización del delito.

 

Esa suma de elementos y sus consecuencias, son las que se viven día a día en lo que me atrevo a llamar la vida real: la vida del mexicano común que se enfrenta al alza generalizada de precios de la canasta básica y alimentaria, a los elevados costos en telefonía e internet, a los salarios de hambre, a la nula estabilidad laboral, a la pesadilla de vivir en un país sumido en la violencia -con 12 entidades en alerta por la violencia de género- y donde más de 30 mil personas están desaparecidas y han registros de más de 100 mil ejecuciones extrajudiciales.

 

Tampoco olvidamos a los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, ni la incapacidad del sistema judicial para esclarecer el caso. Sistema en el cual, según el relator especial de la ONU, la tortura es generalizada.

 

Prácticamente en todas las aristas del gobierno federal priísta, se encuentran golpeadas por la incompetencia, corrupción, impunidad y cinismo de la clase política y gobernante.

 

Como ciudadanos responsables, reflexivos y libres, no podemos aplaudir a discursos claramente maquillados, manipulados desde la metodología de las mediciones e indicadores, diseñados para mentir descaradamente a un pueblo que ya no se deja engañar.

 

Nuestra obligación como oposición es desenmascarar la fachada del demolido edificio de la institucionalidad, sólo así podemos dar paso a una nueva organización social, a un nuevo modelo de desarrollo y a una realidad diferente, no sólo distinta, sino opuesta a la actual, una donde la igualdad, la libertad y la dignidad sean más que sólo palabras.

 

El reloj está corriendo y el tiempo apremia. Hoy sabemos que ante la emergencia los mexicanos podemos actuar con inteligencia y eficacia. El pueblo sabe, quiere y debe gobernar, eso es lo que significa democracia, y en el 2018 tenemos nuestra oportunidad de demostrarlo. Es ya una cuenta regresiva.