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Ante la preocupante situación económica que vive nuestro país, lo que se requiere es que se gaste menos y se invierta más. ¿Pero realmente el gobierno federal se rige bajo este principio? Todo lo contrario, continua gastando más de lo que tiene, tal es el caso de que ha propuesto reducir solamente en un 1.1 por ciento el gasto corriente, y por el contrario, plantea una disminución del 21 por ciento en gasto de inversión.

Lo anterior se puede resumir de una manera muy simple, mediante un pequeño y disfrazado recorte en el pago de servicios personales, continuarán los privilegios existentes de altos funcionarios y directores, mientras lo que requiere el país, es inversión e importantes reducciones. ¿En dónde está la lógica de querer sanear las finanzas del país e impulsar su crecimiento económico?

En el rubro de comunicación oficial y sin ningún tipo de justificación, el gobierno federal ha excedido su presupuesto, de acuerdo a diversas organizaciones civiles, en el primer año de gestión de esta administración, el exceso fue de 48.8 por ciento; mientras que en 2014 fue del 26 por ciento, es decir en los primero dos años de su gobierno, se gastaron en propaganda gubernamental más de 14 mil millones de pesos, cifra exorbitante para un país que tiene a la mayoría de su población en situación de pobreza.

Además, hoy más que nunca, no se actualiza el viejo dicho de que prometer no empobrece; lamentablemente, para nuestro país, plantear decenas de promesas le ha costado, en lo que va de la presente administración, más de 2 millones de personas que están en situación de pobreza. Señor secretario de Hacienda, prometer, sí empobrece.

En el año 2012, en tiempos electorales, se presagio, irresponsablemente, que México, como una economía emergente, alcanzaría un crecimiento de entre el 5 o 6 por ciento.

Para este año, los imprecisos pronósticos de crecimiento económico del país, por parte de la Secretaria de Hacienda y Crédito Público, se han tenido que modificar ya dos veces; para este 2015 se pronosticó un crecimiento de entre el 3.2 y 4.2 por ciento, sin embargo, a principios de año, la misma Secretaría ajustó su pronóstico respecto al crecimiento esperado, situándolo entre 2.2 y 3.2 por ciento.

Pero ante la debilidad industrial del país, este pronóstico de crecimiento del PIB se redujo aún más, es decir que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público espera un crecimiento de entre 2 y 2.8 por ciento.

Aunado a esto, el Banco de México de igual manera ajusto a la baja su pronóstico de crecimiento para 2015, el cual pasó de un rango de 2 a 3 por ciento, a uno de entre 1.7 y 2.5 por ciento.

Y por supuesto que es evidente que la política económica mexicana no ha sido lo suficientemente sólida para poder crecer, ya que hace unos días la propia Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), de igual manera, señalaron que al concluir el 2015, el país solamente alcanzaría un crecimiento del 2.2 y 2.3 por ciento respectivamente. ¿En dónde queda ese 6 por ciento de crecimiento prometido? Año tras año se observa el contundente debilitamiento de la economía nacional, y más aún cuando cada trimestre las expectativas de crecimiento van a la baja.

La economía interna está detenida, decisiones incorrectas y un mal manejo de la política económica han provocado esta parálisis al interior del país.

Y por si esto no fuera suficiente, la deuda neta externa, presenta un aumento aproximado del 33 por ciento.

En la pasada administración federal la deuda era de poco más de 5 billones de pesos; sin embargo, para junio de 2015, ésta alcanzó los 7 billones y medio de pesos, lo que equivale al 43.9 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

Lamentablemente, el Gobierno Federal en conjunto con las entidades federativas y municipios se han empeñado en contratar deuda, la cual, deberemos pagar todos los mexicanos. Y tiene lógica, si el Estado no está recaudando lo suficiente, si la reforma energética ha traído más perjuicios que beneficios, si los constantes pronósticos son erróneos, la única alternativa que queda es recurrir a la contratación de deuda, para poder gastar o invertir más.

Sin embargo, no hay inversión, por el contrario, cada año va a la baja, entonces, ¿en dónde está todo ese dinero? Quienes deciden endeudar al país, son quienes deberían pagarla, no los mexicanos.

Notablemente el Gobierno Federal, no entiende las necesidades del pueblo mexicano.  El 74 por ciento de la gente está en desacuerdo con la manera en que el Ejecutivo Federal conduce la economía del país.

Resulta incomprensible que no se tome en cuenta al 80 por ciento de los mexicanos que compran en tiendas de abarrotes, misceláneas o estanquillos, que aseguran que su poder adquisitivo ha disminuido de enero a agosto de 2015; y 90 por ciento considera que el futuro económico del país “va de mal en peor”, según indica una encuesta aplicada por la Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes (Anpec).

Se ha afectado directamente al bolsillo de las familias mexicanas, ya que parte de la canasta básica, medicinas y productos de consumo generalizado, que van desde alimentos industrializados hasta productos de higiene o limpieza, ropa o cualquier cosa que se vende en supermercados y otros negocios son afectados directamente por la depreciación del peso, la cual ha sido de un 12 por ciento en lo que va del año.

Por otra parte el Presupuesto para el 2016, el cual, se estipuló bajo una base cero, es decir se pretende gastar menos y hacer más con menos, no se construyó de la forma más estratégica. Ya que este presupuesto castiga a los sectores que más necesita la población, por citar solo dos ejemplos; el sector salud, para el año 2016 tendrá una reducción de más de 5 mil millones de pesos en comparación con el 2015; de igual forma, en materia educativa se plantea una reducción de 5 mil 697.3 millones; es decir, nuevamente, no se tendrá una política fiscal redistributiva enfocada al bienestar de los mexicanos.

Es una lástima que el presupuesto presente recortes en sectores tan importantes para el país como son la salud y la educación, y en contraste, se destinen mayores recursos a las áreas de comunicación social que únicamente sirven para publicitar al gobierno federal.

De nada servirá un Presupuesto base cero, si no se erradica de manera eficaz y eficiente la corrupción, la opacidad, la impunidad y el derroche de los recursos públicos.

Estas son las consecuencias del desastre económico que ha provocado la draconiana reforma fiscal impuesta por la actual Administración Federal. Es preocupante que los contribuyentes que cumplen en tiempo con el pago de sus impuestos, hoy, no sean correspondidos por su gobierno con beneficios reales.

Por el contrario, la mayoría de la gente se siente excluida, la desigualdad permanece en el país, la pobreza no disminuye y como siempre, ante una ausencia de transparencia, se presentan constantes actos de corrupción e impunidad, unos cuantos son los privilegiados que acaparan los ingresos y los beneficios de la política económica impuesta.

El modelo fiscal mexicano está encaminado en recaudar, pero eso no implica que el gobierno devuelva a la sociedad bienes y servicios de calidad. Por el contrario, se recauda con el único propósito de que sigan pagando más impuestos los que menos tienen, los contribuyentes cautivos.

Además, el gobierno le sigue costando mucho a los mexicanos, y hoy, con un intento de “austeridad presupuestal” presumen que para el 2016 se van a apretar el cinturón pero, ¿por qué mejor no se atan las manos?

El sistema tiene fugas de capital por la alta corrupción que se padece y diversos casos han exhibido que para esta administración federal, son prioritarios los negocios con amigos, y eso, indudablemente, también afecta a las finanzas públicas del país.

En conclusión, justo en la mitad del presente sexenio, queda claro que el Gobierno Federal observa la economía del país desde las alturas, sin ver ni escuchar a millones de mexicanos que difieren con los datos que la Secretaria de Hacienda y Crédito Público tanto presume.

Por eso, señor secretario, lo invitó a escuchar a los mexicanos, a revertir su reforma fiscal, a bajar los impuestos, ya no son necesarias más propuestas que afecten los ingresos reales de las familias mexicanas. Se requieren soluciones económicas viables que generen un verdadero proyecto de nación.